La mañana calurosa se vio interrumpida por una carta que llegó a la casa de piedra. Mi bisabuela Tone se llenó de emoción al ver que el remitente era su hermano Mate, mientras miraba con curiosidad los sellos escritos en español. Reunidos los hijos a la mesa, les contó sobre la misiva que trajo el cartero a lomos de su burro. Barba Mate enviaba noticias desde Punta Arenas: el trabajo en esas frías tierras abundaba y los clubes dálmatas se consolidaban con los años, reuniendo a los coterráneos radicados allí donde termina el mapa. Se juntó el dinero para el boleto y, sin mayores discusiones, la historia de Petar, a sus 15 años, comenzó a escribirse en otra tierra, otro clima y otro idioma. Hubo un abrazo de despedida a la familia y una promesa con su hermana Karmela: escribirse siempre.
Tras la partida, Petar se embarcó en el buque Martha Washington en Split. Siguieron muchos puertos, muchas ciudades y, sobre todo, mucho mar, hasta que atracó en octubre de 1929 en el puerto de Buenos Aires, desde donde emprendería el último trayecto a su destino: Magallanes. Como había aprendido a temprana edad las técnicas de pastoreo en Gažul —oficio tradicional de los Gospodnetić de nadimak Bežmek—, Barba Mate tenía el trabajo ideal para su sobrino: peón en la estancia de la isla Isabel. El cambio de vida fue radical en comparación con la isla de Brač: el suelo patagónico lo cubría otro forraje para alimentar a los animales e incluso las razas ovinas eran británicas, por lo que mi Nono Petar extrañó siempre los olores y sabores que acompañaban cada velada familiar en su pueblo natal.
Sin embargo, la promesa entre hermanos se cumplió: siempre se escribieron. En sus cartas se evidencian todos los cambios del siglo XX: primero con sobres que demoraban muchos meses en barco; luego, con envíos más ágiles en avión. Por medio de ellas se enteraron de los matrimonios que contrajeron, del nacimiento de hijos y nietos, así como de las dolorosas pérdidas de sus seres queridos. El Nono nunca regresó a su isla; pero sí lo hicimos sus hijos y nietos, conectando con las raíces y los parientes, logrando lo que ambos tanto soñaron: que jamás olvidáramos que nos une un lazo indestructible, porque krv nije voda.
En el año 1994, los hermanos lograron lo que durante décadas pareció imposible: llamarse por teléfono. Tras más de 60 años escribiéndose, ese día finalmente escucharon sus voces. Me gusta imaginar los nervios que ambos sintieron previo al llamado. Mi Nono con tantas preguntas, sabiendo la rudeza que tuvieron que afrontar quienes se quedaron en Europa; Karmela, conociendo lo agreste del clima en este lado del mundo por los relatos de quienes no soportaron el frío y retornaron. Aun así, los imagino sonriendo con esa inconfundible picardía dálmata y a ella contestándole:
¿Dragi brate Pere? ¿Eres tú? ¡Pero si aún tienes voz de niño!
Autor: Pedro Gospodnetic

Nono Petar en la estancia Mata Grande en el 1950

El barco Martha Washington en el puerto de Split en los 1903s (autor de la foto: Ante Borović)